Los Presupuestos Generales del Estado (PGE) se encarrilan hacia su aprobación. Salvo sorpresas. Su dura negociación ha colado en el debate cuestiones más allá de las puramente económicas. No podía ser de otra manera, pues los Presupuestos serán la columna vertebral sobre la que se ancle esta accidentada legislatura. No ha sido coincidencia que durante estos meses se hayan puesto en pie iniciativas legislativas gubernamentales tan polémicas como fundamentales para el Ejecutivo como la Ley Celaá o la modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. No podía serlo, puesto que las cuentas cristalizan el delicado equilibrio de poder sobre el que hoy se sostiene España. Cada partida es un guiño a las diferentes sensibilidades de la coalición gubernamental y sus apoyos. Por eso Pedro Sánchez ha impulsado una nueva ley educativa: recoger las exigencias de los nacionalistas vascos y catalanes para poder implementar ya sin ninguna traba legal sus políticas de inmersión lingüística era un requisito previo para que los PGE pudieran contar con su apoyo.
Puede estar tranquilo Sánchez: PNV, Bildu, ERC y Compromís ya le han obsequiado con el ‘sí’, a falta de la escenificación parlamentaria obligada. No podrán estarlo, quizás, muchos ciudadanos de otras partes de España, pues a nadie se les escapa que una de las claudicaciones más flagrantes por parte del PSOE (que no de Unidos Podemos, cuya asimilación de la agenda nacionalista vasca y catalana es bien conocida) es el apoyo de los objetivos independentistas en la guerra fiscal que se ha entablado entre Cataluña y Madrid en torno a la armonización fiscal del Impuesto sobre el Patrimonio. La cosa no ha quedado ahí, ni mucho menos: los independentistas han arrancado al Gobierno la eliminación del control financiero y de la fiscalización de las cuentas de la Generalitat, asolada por una corrupción tan endémica como intestina, y que a partir de ahora tendrá manos libres para emplear el dinero público que se halla en sus manos para enfilar la hoja de ruta del independentismo sin la molesta presencia de los inspectores estatales.
Dado el equilibrio de fuerzas, las prioridades gubernamentales han quedado selladas, cuando no paladinamente claras, a la hora de examinar el trato que le ha dispensado a un partido de la ‘oposición’ que, pese a ello, le ha apoyado en los momentos más difíciles de la pandemia. Precisamente cuando más necesitaba un balón de oxígeno que alejara de la población una peligrosa imagen entreguista a quienes se oponen a la existencia del Estado Español que, igualmente, ha calado al final en la mente de muchos. Y es que Ciudadanos, un partido político constitucionalista que después del descalabro electoral inició un sincero aunque incierto propósito de enmienda, apoyó a Sánchez durante las sucesivas prórrogas del Estado de Alarma. Lo ha hecho además sin unas contrapartidas políticas sustanciosas, lo que pone de manifiesto la sinceridad de la mano tendida aun a sabiendas de que la brutal irrupción de Vox le arrebató parte del electorado por su derecha y de que el ‘efecto presa’ de contención sobre un PSOE al que hasta hacía bien poco se había opuesto con virulencia constituía una estrategia política arriesgada.
El apoyo, si bien crítico y alejado de lo que muchos han querido definir como un cheque en blanco, le ha venido muy bien al PSOE para lavar la cara ante su electorado más moderado. En un contexto en el que la oposición hizo precisamente eso: oponerse a todo lo que decidía Gobierno, pero sin proporcionar una alternativa viable a cambio e incluso criticando decisiones gubernamentales que previamente ellos habían apoyado. No es fácil hacer oposición un país tan peligrosamente polarizado como España. Proponer sin parecer débil requiere de valor y habilidad, cuando lo fácil es oponer desde la comodidad de quien no gobierna ni aspira a hacerlo en el corto plazo. Teniendo en cuenta esto, y a pesar incluso de los desprecios y del ninguneo con el que un PSOE henchido de soberbia tras una victoria que sólo ha sido rentable para él a costa de traicionar todos sus principios, Ciudadanos ha estado ahí. Nadie podrá reprocharle haber desarrollado una labor destructiva e inútil, aunque ello hubiera sido tentador de cara a la propaganda.
Ahora, ha quedado o debería haber quedado claro para la formación naranja que ni Sánchez ni Iglesias son sujetos de fiar. El segundo se halla respaldado por un partido político fuertemente jerarquizado al que ha sometido a su voluntad y a la de su pareja. El primero ha fagocitado con éxito a su militancia y se halla en proceso de arrinconar a ese otro sector del PSOE más apegado a lo que fue que a lo que es, y que repugna de la deriva populista de un líder ambicioso. No quiere decir esto que Ciudadanos deba renunciar a su política pactista. Significa que debe dosificarla sabiamente y vender más caro su pellejo. Pero, por encima de todo, necesita renunciar a los acuerdos que impliquen que la izquierda radical y los nacionalistas puedan desplegar su influencia sobre la gobernabilidad del país, afanándose en lograr un entendimiento con los sectores del PSOE auténticamente socialdemócratas que están con el alma dividida y en la difícil encrucijada de tener que escoger entre la lealtad a su partido y su vocación de servicio a España.
Nadie puede darse por sorprendido de que Pedro Sánchez haya escogido a Bildu en detrimento de Ciudadanos. Pablo Iglesias y sus huestes se han encargado de que el Presidente no tenga otra opción. Si acaso, ello no le absuelve por su actitud pusilánime ante quienes persiguen la destrucción del sistema parlamentario español y, de paso, blindar sus inexpugnables reinos de taifas autonómicos. Lo que sí es sorprendente es que Ciudadanos haya aguantado tanto tiempo. Ahora que las cartas están sobre la mesa, y de que nadie duda de quién es quién, se abre otra oportunidad para que el partido de Arrimadas avance posiciones sobre una derecha reaccionaria y autoritaria para convertirse en la única oposición válida, liberal, social y progresista, que merece estar frente al populismo puritano y colectivista que impone su agenda cultural implacablemente.
(Firma: Pablo Gea)