Guardo en mi memoria de niña de pueblo el aprendizaje de que los forasteros - era bonito llamarles así, no como ahora, que son sólo turistas- hablaban bien, con sus eses bien puestas, sus eles al final de las palabras y su elegancia.
Nosotros, los andaluces, éramos toscos y brutos. Y todo sigue igual: dicen que los andaluces somos mal hablados, que no hacemos un buen uso del lenguaje español, que lo nuestro es un pacá y un pallá, que nos tragamos los finales de las palabra, que somos ignorantes.
Nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos acomplejados, y por eso muchos andaluces se esfuerzan en imitar el castellano castizo.
Y no saben que lo nuestro no es mal hablar; lo nuestro se llama dialecto andaluz, tiene una riqueza léxica descomunal y hay que sentirse especial por estar tocado con la varita mágica del andaluz, esa variedad lingüística que nos corre por las venas.
Es única, especial y sólo nuestra, tiene un origen cultural e histórico apabullante, y el arte de hablar andaluz es un mérito, un valor, nuestra honra.
Porque ser andaluz, señoras y señores, que no se nos olvide nunca, que nadie nos quite este privilegio, es hablar distinto. Andalucía es eterna. Y aquí, en los confines de la gloria, se habla andaluz. Ahí queda eso.