Definitivamente, en la República de Cuba las palmeras son las reinas, y a ellas aquí nadie les discute nada: ni altura, ni porte, ni sublime majestad. Y si aún no dije aquí nada de su presencia multiplicada, de su número, fue porque es una obviedad tan manifiesta que incluso en la nueva guía que compré pocos días antes de volar -ya que San Cucufato no obró el milagro para que apareciera la que me acompañó en mis anteriores viajes- sus autores llegan a aventurar una cantidad de palmeras que desmonta la travesía en bus que hice en días atrás hasta Santiago de Cuba: creo que son absolutamente incontables, incluso con la ayuda de la tecnología más puntera, porque se multiplican con ambición de especies cada día que pasa.
Justo andaba yo cruzando la isla de punta a punta, con la mirada tan fundida en el paisaje que íbamos dejando atrás, y con la noción del tiempo perdida con mi absurdo empeño de ir contando todas las palmeras que veía, cuando recibí un mensaje de Luis Zamora con varias fotos de palmeras "con punto cubano" de una finca que, según me aclaró mi paisano, está entre Gibraleón y San Bartolomé de la Torre, pero cuya disposición espacial deja bien a las claras que están creciendo muy lejos de la isla caribeña que me acoge en estos días…
Hay en ellas un orden establecido, un afán en su disposición paisajística, que cuesta mucho encontrar en Cuba porque aquí las distintas especies se han reproducido sin control, espontáneamente, desde que el mundo es mundo, y parece que tan sólo encuentran su orden y concierto cuando sirven de modelo para construir ciudades y pueblos con andanadas de columnas en casi todas sus calles, plazas y avenidas, porque aunque sé que aquí atienden a un sentido real y práctico de las cosas para resolver tachadas y soportales, parecen ser mero producto de una íntima obsesión: replicar los fustes de miles de palmeras silvestres para ordenarlas en La Habana y en las otras ciudades que pueblan y le dan a la isla su eterno carácter inmemorial.
Por eso, cuando el gran Alejo Carpentier publicó ese ensayo columnario sobre su ciudad natal y lo tituló 'La ciudad de las columnas' creo que no sólo, sino también, estaba reivindicando su gusto por los órdenes clásicos y una forma de entender la singularidad urbana de la capital en que creció y se abrió al mundo, sino que hasta pudo encontrarle un sentido musical a su delirio bananero: todas las columnas y los espacios vacíos que hay entre ellas tienen algo de teclados de gigantescos pianos y clavicordios que nos ensueñan a quienes paseamos por La Habana enamorados de tantos bosques de palmeras petrificadas por amor al arte y a un orden establecido.
Pablo Sycet