Que Portugal es un país que aventaja en muchos aspectos a España es un tópico que esconde una gran verdad. Cierto es que no en todos, claro. Basta comprobar las carencias estructurales que sigue presentando nuestro vecino luso que, sin embargo, se ven compensadas con creces cuando de calidad democrática se trata. Y es que no es sólo que el infierno burocrático _made in Spain_ no tenga su correspondencia en Lisboa, sino que el sentimiento de dignidad en la representación preside una lógica en los partidos del arco parlamentario que no encuentra su equivalente en los españoles, más faltos de escrúpulos.
Si el sistema parlamentario español funcionase con normalidad, hace mucho tiempo que Pedro Sánchez hubiese sido víctima de una moción de censura y destituido fulminantemente del cargo. Porque la corrupción del gobierno de Rajoy al lado de el del suyo es un juego de niños. Una corrupción que apunta directamente al Presidente del Gobierno, y que es muy posible que le lleve el banquillo una vez que deje la Moncloa. Desde las cesiones a los golpistas, su alianza con los etarras reconvertidos en parlamentarios, hasta llegar a su hermano y su mujer. No cabe duda de que, si se tratase de un ejecutivo de otro signo político, la maquinaria política del PSOE y de sus aliados hubiera rodeado el Congreso y las sedes de los partidos rivales para ejercer una presión insoportable, como suelen hacer.
En Portugal las cosas son diferentes. Ya hemos olvidado que el predecesor del actual Primer Ministro Luís Montenegro, el carismático Antonio Costa, dimitió en 2023 por una investigación dirigida contra él por tráfico de influencias y corrupción. Ahora, un escándalo que afecta a la familia de Montenegro se lleva por delante al ejecutivo y se vienen elecciones. Aunque los escándalos que tienen a Sánchez en la picota sean de una gravedad mucho mayor. Al parecer, el Primer Ministro vendió las acciones de una pequeña empresa inmobiliaria antes de acceder a la Presidencia de su partido, dinero del que se beneficiaron su esposa y sus hijos. La cosa es que el principal cliente de esta empresa era otra dedicada a hoteles y casinos, que tenía pendiente la renovación de dos licencias competencia del Ministerio de Economía. La relación entre Luis Montenegro y esta empresa se rastrea hasta el año 2018.
Aquí se mete una variable fundamental: en el sistema portugués, es el jefe del ejecutivo el que voluntariamente se somete a la cuestión de confianza. Lo que Montenegro hizo jugándose el tipo y perdió. Sánchez no es sólo que se haya negado a hacerlo, aunque existan motivos sobrados y una evidente erosión de las instituciones democráticas, sino que ha entregado un nuevo paquete de cesiones a un delincuente prófugo de la Justicia como es Puigdemont a cambio de seguir en el poder un poco más. Hasta que al líder independentista le dé por apretarle de nuevo las clavijas para obtener más concesiones. Dejando en evidencia la diferencia abismal que existen entre las dos democracias.
Si el sistema parlamentario español funcionase con normalidad, hace mucho tiempo que Pedro Sánchez hubiese sido víctima de una moción de censura y destituido fulminantemente del cargo. Porque la corrupción del gobierno de Rajoy al lado de el del suyo es un juego de niños. Una corrupción que apunta directamente al Presidente del Gobierno, y que es muy posible que le lleve el banquillo una vez que deje la Moncloa. Desde las cesiones a los golpistas, su alianza con los etarras reconvertidos en parlamentarios, hasta llegar a su hermano y su mujer. No cabe duda de que, si se tratase de un ejecutivo de otro signo político, la maquinaria política del PSOE y de sus aliados hubiera rodeado el Congreso y las sedes de los partidos rivales para ejercer una presión insoportable, como suelen hacer.
En Portugal las cosas son diferentes. Ya hemos olvidado que el predecesor del actual Primer Ministro Luís Montenegro, el carismático Antonio Costa, dimitió en 2023 por una investigación dirigida contra él por tráfico de influencias y corrupción. Ahora, un escándalo que afecta a la familia de Montenegro se lleva por delante al ejecutivo y se vienen elecciones. Aunque los escándalos que tienen a Sánchez en la picota sean de una gravedad mucho mayor. Al parecer, el Primer Ministro vendió las acciones de una pequeña empresa inmobiliaria antes de acceder a la Presidencia de su partido, dinero del que se beneficiaron su esposa y sus hijos. La cosa es que el principal cliente de esta empresa era otra dedicada a hoteles y casinos, que tenía pendiente la renovación de dos licencias competencia del Ministerio de Economía. La relación entre Luis Montenegro y esta empresa se rastrea hasta el año 2018.
Aquí se mete una variable fundamental: en el sistema portugués, es el jefe del ejecutivo el que voluntariamente se somete a la cuestión de confianza. Lo que Montenegro hizo jugándose el tipo y perdió. Sánchez no es sólo que se haya negado a hacerlo, aunque existan motivos sobrados y una evidente erosión de las instituciones democráticas, sino que ha entregado un nuevo paquete de cesiones a un delincuente prófugo de la Justicia como es Puigdemont a cambio de seguir en el poder un poco más. Hasta que al líder independentista le dé por apretarle de nuevo las clavijas para obtener más concesiones. Dejando en evidencia la diferencia abismal que existen entre las dos democracias.