Sentados alrededor de una una mesa camilla -encendida casi al máximo-, le pregunto a Raúl García Raya que me cuente algo que nunca haya contado. Pone cara de atónito, y se ríe: “Si hubiera tenido tiempo para pensarlo, igual me invento algo”. Su cariz toma de repente una nota más seria, pensativa. “Pero sí te puedo contar una cosa de Lola Flores, ¿te gusta?”
Corrían los años 70 de un caluroso mes de agosto. Lola Flores actuaría esa misma noche en un club que por aquél entonces ya podía acoger a un extenso público: 10000 personas de pie y 5000 sentadas. Como buen empresario, Raúl había implementado además otros nuevos avances, como la inclusión de camerinos que eran, según él, dignos de ver: “Recorrí toda España e hice los mejores camerinos en 1977”.
Pero aquél día, la actuación estuvo a punto de truncarse. Eran las cinco de la tarde, y Raúl se encontró a Lola Flores sentada a pleno sol en los escalones de mármol del club, negándose en rotundo a actuar aquella noche: “Estoy muy mala, tengo una alferecía”, le dijo.
El empresario, tuvo que mantenerse en calma y agudizar su ingenio: “El problema era que habíamos vendido muchísimas entradas”.
La levantó del suelo y la acompañó hasta los camerinos: “Cuando los vio, le cambió el aspecto”. Estaban equipados con aire acondicionado, baños, un gran tocador con luces y sillas giratorias. Era mucho más de lo que ella había imaginado. Por contrato, la artista había exigido luces con una potencia como mínimo de 40 vatios y un espejo de unas dimensiones de al menos 25x40 centímetros. El camerino del club Raúl lo superaba con creces, con 30 focos que iluminaban el marco de un espectacular espejo de un metro y medio.

Aplicando psicología pura y dura, Raúl restó importancia al asunto, tranquilizando a Lola Flores diciéndole que su hermano ya se estaba encargando de devolver todas las entradas para el espectáculo de aquella noche: “Tú no actúas, pero sí vamos a dar un paseo para que te refresques. Yo te pago la gasolina y el hotel donde te quedes”, le garantizó.
Mientras tanto, llamó a su hermano para indicarle: “Sigue vendiendo entradas”.
Frente a unas imponentes vistas desde el parador de Ayamonte, Raúl le mostró a Lola Flores la grandiosidad de la unión entre Portugal y España atravesado por la fuerza del río Guadiana. Lola Flores se quedó perpleja: “¿Cómo van a estar Portugal y España juntos?”.

Un café y unas copas de Chiva más tarde, la cantante parecía estar aliviando los síntomas de su alferecía: “Aquí parece que contigo se me está abriendo el conocimiento”. Y, entretanto, Raúl se excusó un momento y volvió a llamar a su hermano al que le pidió de nuevo: “Sigue vendiendo entradas”.
Eran ya alrededor de las ocho de la tarde cuando Raúl llevó a Lola Flores a comer unas gambas, langostinos y cigalas al antiguo Coral, todo ello acompañado de “vinito tras vinito”. Cuando Lola Flores estaba notablemente más animada, tuvieron la siguiente conversación:
- Qué pena que no pueda actuar yo en Lepe en los camerinos esos. ¿Iba a ir mucha gente, Rául?
- Hombre, habíamos vendido más de 1000 entradas.
- ¡Ay si yo puediera!… ¿Pero ya no se puede, no?
- Ya es difícil, Lola… Hemos devuelto casi todas las entradas. Pero podemos hacer una prueba…

Entonces, delante de ella, le hizo creer que llamaba por teléfono a su hermano Miguel Ángel, al que supuestamente preguntó si se había devuelto el dinero de todas las entradas. Hablando alto y fingiendo sorpresa, exclamó: “¿Que te quedan aún 500 por devolver?. Entonces comunica que Lola Flores va a actuar porque ha venido un médico y se ha puesto bien”.
En el camino hacia el club, Lola Flores, entre curiosa y maravillada al ver la desenvoltura y el ingenio del empresario, le preguntó si era de etnia gitana. Raúl le dijo que no, “aunque tenía ganas de decirle que sí", a lo que ella le devolvió: “pues deberías serlo”.
Aquella noche fue una de esas que no se olvidan. Lola Flores dio un espectáculo increíble, "con un lleno espectacular", no habiéndose devuelto ni una sola entrada aunque Raúl le hubiera hecho creer lo contrario. Con un haz nostálgico en la mirada, el empresario recuerda esa noche de agosto en la que Lola Flores fue “feliz, feliz, feliz”. Y a las pruebas se remite: pisó las tablas muchas más veces.

