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La casa de Raúl García sigue de patas arriba. Además de reponer todo el tejado que se llevó el temporal, va a quitar “todas las tonterías de la fachada”. Se refiere a los elementos decorativos (entre ellos un patinete y boyas marinas) que durante años se afanó por coleccionar, personalizando las paredes de su chalé.
En la parte posterior se mantendrán el mosaico del camello -el animal que eligió como logo del club- y el póster que colocaron recientemente para conmemorar el 60 aniversario de su fundación. Frente al cartel, le pregunto si le gustaría volver al pasado: “Claro. De esos años lo recuerdo todo”.

Pero no solo extraña su frenética faceta como empresario, sino las amistades que forjó con las grandes promesas que pasaron por allí durante 30 años, permitiéndole conocer la parte más real de artistas con dilatado recorrido artístico. Y hace especial hincapié en las comidas a las que les invitaba: “ahí se creaban lazos indestructibles”.
Con Raffaella Carrà tuvo un almuerzo de lo más peculiar. La artista italiana venía de una larga gira, habiendo parado antes por Roma y Madrid. Por contrato, había pedido que la fueran a recoger al aeropuerto. Pero, en lugar de contratar un coche y un chófer, fue el mismo Raúl quien fue a buscarla a Sevilla.
Una vez allí, Raúl se encontró con una mujer más bajita que él, y “con aspecto de cansada”, la misma que pocas horas más tarde se transformaría por completo para actuar en el club con una vestimenta despampanante.
De camino a Lepe, el empresario le ofreció parar a comer en el restaurante onubense Los Gordos: “quería que probara el jamón ibérico, las gambas de Huelva y el lenguado”. Pero ese almuerzo tendría segundas intenciones: además de enseñarle la gastronomía onubense y estrechar lazos con ella, sería un medio para promocionar a la artista y para alimentar el prestigio del club: “Avisé a los periodistas de que Raffaella Carrà iría a comer allí para que las fotos fueran luego publicadas en el periódico Odiel de Huelva y el ABC de Sevilla”.
No tardó mucho en convencerla. Ni el jamón tampoco. En una mesa para dos, y ante la atenta mirada de unas 50 personas con el cuello torcido, Raffaella Carrà, mencionó que en Italia tenían el riquísimo jamón de San Daniele. Entonces, Raúl pidió dos raciones de jamón ibérico y le espetó: “toma y compara”. Cuenta Raúl que la artista se quedó maravillada, y luego también se comió un lenguado entero.
Raffaella llevaba un año en la tele española, por lo que ellos dos se entendieron a la perfección: “Era muy simpática, graciosísima”, concede Raúl. De ahí que el empresario se atreviese a hacerle una atrevida petición: que cambiara la letra de una de sus famosísimas canciones para la actuación.
Esa misma noche, Raffaella Carrà apareció renovada en el escenario ante un público expectante que seguía cada uno de sus atléticos movimientos: “Tenía unas piernas espectaculares, sus piernas eran famosísimas”, recuerda Raúl. Y cuando tocó el turno de entonar “Hay que venir al Sur”, la cantante sorprendió a todos con un estribillo ligeramente alterado: “Para hacer bien el amor hay que venir al Club Raúl”. Un estribillo que casaba perfectamente con el lema impreso en los panfletos de su programación, El verano loco del Club Raúl.


