Hay personas que no necesitan focos para brillar, lo hacen solas. Solaria es una de ellas. Su nombre suena a estrella, a constelación mágica y no es casual: nació del universo fantástico que la acompañó en su infancia. “Siempre me han encantado las hadas, las sirenas, lo que no es de este mundo”, cuenta. Fue una serie infantil, Winx Club, la que le regaló su nombre: no el de su personaje favorito, sino el del lugar del que venía. “Solaria era su planeta. Y me pareció precioso”, afirma con una sonrisa.
Hoy lo lleva en el DNI y en el alma. Porque fue el drag, ese arte total que mezcla danza, teatro, moda y reivindicación, lo que le dio identidad. Le dio nombre y voz.
Su vida, como la de tantas personas del colectivo, no fue sencilla. En el colegio sufrió burlas, incomprensión y un bullying constante que la acompañó durante años. “Me dolía, me hacía sentir muy sola. Pero por dentro, yo seguía construyéndome”, confiesa. Y aunque por fuera había silencio y rechazo, en su interior florecía un mundo propio, lleno de imaginación y luz.
“Yo era una niña muy tranquila. No salía al parque y no tenía muchos amigos. Lo mío era encerrarme en mi cuarto, poner música de Lady Gaga y crear mi propio mundo”, afirma. Así que cada día, cuando daban las ocho de la tarde, se encendían sus luces, su espejo y esa intensa creatividad desbordante. “Recuerdo que tenía dos lámparas, giraba los discos de las películas para que reflejaran arcoíris y me montaba un espectáculo. Era mi momento. Mi lugar seguro”, recuerda con felicidad.
Fue después de la pandemia cuando todo empezó a cambiar. “Conocí a personas del colectivo LGTBIQ+. Nunca había tenido amigas queer. Y de repente estaba rodeada de gente que me entendía, me hacía preguntas importantes y me daba espacio”, explica. Ese despertar coincidió con su mayoría de edad y asegura: “Empecé a resurgir. A conectar otra vez con quien fui de pequeña”.
Y entonces entendió algo fundamental: “Yo no soy hombre ni mujer. Soy una persona no binaria. No me identifico con ningún género y está bien. Aunque el DNI no lo refleje, yo sé quién soy”, afirma con seguridad.
El drag fue la vía perfecta para expresarlo. “Me permite ser todo lo que soy: bailarina, ilustradora, diseñadora, maquilladora y actriz. También canalizo mis emociones a través de él. El drag me sana”, cuenta.
Su primera actuación fue en el Orgullo de Sevilla, invitada por la Asociación Mariliendres de Punta Umbria. “Estuve semanas preparándome. Me maquillaba, probaba looks. Un día me hice la ceja perfecta y sentí que ya tenía mi rostro drag. Y salí. Iba subida detrás del DJ, bailando sin parar. La gente me miraba con brillo. Fue muy emocionante”, dice emocionada.
Desde entonces, Solaria no ha parado. Ha actuado en teatros, discotecas, eventos del colectivo... y en cada espectáculo intenta dejar un mensaje. “Sobre todo, a los más pequeños. A mí me robaron mi infancia. Y cuando veo a un niño en el público le invito a bailar conmigo. Intento darles lo que a mí me faltó”, afirma.
Uno de los momentos que más la marcaron fue su primera Navidad con un regalo que realmente deseaba. “Siempre me daban cosas que no me gustaban, coches, scalextrics… Pero un año me regalaron una muñeca de Winx Club. Era preciosa, con alas y el pelo larguísimo. Abrí la caja, miré a mis padres y vi que ellos por fin me habían entendido. Lloré de felicidad. Sentí que por primera vez me veían”, recuerda con ternura.
También habla de La Moni, una figura clave en sus inicios. “Me abrió su casa, me dejó ropa, pelucas y consejos. Me ayudó a empezar cuando yo no tenía nada. Fue muy generosa conmigo”, asegura agradecida.
A pesar de las luces, no todo ha sido fácil. “Esta vida no te la regalan. Todo lo que tengo lo he luchado. He aprendido que hay que buscarse la vida, hablar con las instituciones, pedir espacios. Porque si no, nadie te los ofrece”, asegura.
Aunque ha actuado en grandes escenarios y ha encontrado apoyo dentro del colectivo, Solaria reconoce que no siempre se ha sentido del todo acogida por su entorno más cercano. “Huelva es mi casa, pero a veces cuesta que se entienda lo que hacemos, lo que somos. Me encantaría que aquí hubiese más espacios, más respeto, más cultura drag... No pedimos mucho: solo que nos dejen existir, compartir y crecer sin prejuicios”, explica.
Sueña con ver cabarets estables, donde el público pueda sentarse, disfrutar del arte drag con respeto y naturalidad. “Como ocurre en otras ciudades, aquí también se puede. Huelva tiene potencial para ser un referente si se lo propone”, afirma con esperanza.
Y mientras va cumpliendo sus sueños, Solaria sigue manteniendo su esencia. Ya no se esconde. Y cada noche, cuando el reloj marca las ocho, baila. Sigue conectando con su luz, su libertad y aquella niña que inventaba mundos mágicos bajo el reflejo de un arcoíris hecho de discos y esperanza.