Me recuerda el móvil esta foto con el que fuera Alcalde de Madrid José María Álvarez del Manzano. La instantánea me la hice en el Salón de Conferencias o de los Pasos Perdidos del palacio del Senado. El Marqués de Barzanallana, siendo presidente de la Cámara Alta, adaptó uno de los claustros del antiguo convento de María de Aragón a recinto tertuliano y estancia de asueto de los señores senadores, en donde con posterioridad se ubicaron cuatro de los mejores cuadros, reveladores de hechos históricos, de la pintura española. De esta forma rubrican sus lienzos sobre esas paredes autores como Carbonero, Muñoz Degrain, Pradilla o Sorolla, expresando a través de su tono creativo lo más simbólico de nuestros acontecimientos historiográficos.
Fui a un acto con mi compañera en el Congreso, Sol Cruz, representando a la Comisión de Cultura del Palacio de la Carrera de San Jerónimo. La temática de la ceremonia era la concesión de unos premios taurinos en los que le otorgaban la condecoración principal al diestro el Niño de la Capea, cinco veces puerta grande de la plaza de las ventas y en seis ocasiones líder del escalafón. Entre los distinguidos estuvieron también el crítico literario y ensayista, Andrés Amorós, miembro de la hermandad del Silencio de Sevilla por más señas, y el periodista que fuera director de Cambio 16 y en la actualidad cronista parlamentario, a lo Azorín o Wenceslao Fernández Flores, Miguel Ángel Aguilar. A este último me sorprendió verlo en su día en un documental sobre la transición en una de las ruedas de prensa clandestinas de Santiago Carrillo.
Me emocionó hablar con el exalcalde de la Villa y Corte, pues en mi juventud fue todo un referente del servicio público y del municipalismo. Me ha atraído siempre la política de proximidad y de cercanía, por razones obvias y evidentes. Y fue un modelo de gestión de su tiempo cuando impulsó al lugar de Arniches y Mesonero Romanos, como capital europea de la Cultura o desarrolló el eje museístico al Paseo del Prado y de Recoletos.
Este Alcalde no fue el de la movida madrileña, cuando gobernó en la plaza de la Villa, estaban ya los últimos años de los setenta y primero de los ochenta del siglo pasado. El regidor que empuñó durante ese tiempo el bastón fue Enrique Tierno Galván, el viejo profesor, demostrando grandes virtudes de popularidad por su conexión tanto con los jóvenes como con la tercera edad. Sus bandos municipales eran insólitos en aquella época, con iniciativas como devolver los patos al río Manzanares.
A un joven de provincias, como yo, en aquel tiempo, nos llegaba la movida madrileña a través de programas de radio o de revistas como Madrid me mata. De la mano de la televisión en el programa La bola de cristal de Alaska. Por medio de las columnas del periódico El País de Umbral. Y sobre todo, por los números uno de la lista musical de Los cuarenta principales.
Por eso, al contemplar esa foto con el Alcalde de Madrid me acuerdo de una canción que caló a todos y que interpretaba el grupo de pop The Refrescos. Su título era, Aquí no hay playa, toma que compuso uno de sus componentes, Bernárdez, agobiado por los rigores estivales de la capital del reino. En el mismo se glosa todas las bondades de la ciudad, ocio, museos o parques. Amén de hacer expresa referencia a políticos como Leguina o Juan Barranco. Todo un himno generacional que apostilló la movida madrileña pero que exaltaba la mayor carencia que presenta Madrid, pues no tiene playa.
Ahora que termina el verano, sonata del estío lo llamaría Valle Inclán, y que de nuevo vuelve el periodo de sesiones en el congreso, vuelvo a esa capital de la gloria como le decía Alberti, a la ciudad que no existe y es un invento literario al referirse a ella Umbral, o quizás, a la del señorío mercantil de la plaza del Ángel contemplada en Misericordia de Benito Pérez Galdós. Comienza un ciclo político efervescente que nos va a conducir, con agitación, al ejercicio noble del servicio público, en nuestro caso, donde el control, fiscalización y la estricta observancia del gobierno de Pedro Sánchez. Y todo ello, en una ciudad donde hay un Alcalde pero que no es el de la foto, en una capital que ya no tiene movida madrileña entre los barrios de Tribunal y San Bernardo y que, como la canción, nunca tuvo playa.