Algunas ciudades se recuerdan y otras se llevan en el alma. Están las que se pronuncian y sobre todo las que se miran. Joaquín Romero Murube escribió que llevaba Sevilla en los labios, como quien nombra lo que ama para no perderlo. Carlos Gil, en cambio, ha llevado siempre Valencia en los ojos, como una metáfora aprendida, igual que una forma natural de estar en el mundo. Hoy escribo con esa imagen fija en la memoria, porque deja su acta en el Congreso de los Diputados tras haber sido nombrado secretario general del Partido Popular en la Comunidad Valenciana. Y aunque la política nos acostumbra a los relevos, no logra inmunizarnos frente a ciertas despedidas.
He compartido con Carlos una etapa intensa, hecha de trabajo, de silencios elocuentes y de lealtades trascendentes. Desde el primer día supe que estaba ante alguien que miraba la política desde la atalaya en donde contempla la responsabilidad profunda hacia su tierra. Valencia no es para él un territorio abstracto, sino una presencia constante. La lleva en los ojos como Romero Murube llevaba Sevilla en los labios, integrada en el gesto, en la mirada, en la forma de decir y, sobre todo, de callar.
La región del Turia es un territorio que no admite imposturas. Su luz, esa que Sorolla supo convertir en lenguaje, es frontal, limpia, casi exigente. El luminista no pintaba adornos, dejaba en sus lienzos una verdad plástica. Así ha sido Carlos en su manera de ejercer el cargo. Sin atajos, con la claridad serena de quien sabe que la política, como la pintura o la literatura, se sostiene en la honestidad del trazo.
Lo he visto sufrir en silencio. Especialmente durante los días duros de la DANA que golpeó su región. Un sufrimiento sin gestos teatrales, sin declaraciones huecas. Sufrir como sufren los que sienten la tierra como algo propio, casi corporal. Vivimos ese día en que abandonamos el salón de sesiones mientras, otros, se quedaban allí para solucionar el mundo nombrando el nuevo Consejo de RTVE, que pena que esto suceda en nuestra democracia. En esos momentos, Valencia estaba más que nunca en sus ojos, empañada por la preocupación, pero firme en la determinación de estar a la altura.
Sentías como Blasco Ibáñez y pensabas en sus barracas, en esa Valencia narrada desde la dureza de la vida real, desde la preocupación y la dignidad. Carlos ha sabido representar esa complejidad sin simplificarla, sin convertirla en consigna. Por eso su decisión de dejar el acta no es una despedida, sino un regreso. Volver para servir desde donde más se le necesita.
Nuestra historia valenciana está llena de figuras que entendieron el compromiso como una forma de pertenencia tranquila. Teodoro Llorente supo amar su tierra sin encerrarla, nombrarla sin apropiársela. El alcalde de Benavites pertenece a esa tradición discreta, la de quienes sirven sin ruido, la de quienes prefieren la permanencia al aplauso. Un Fernando Abril Martorell sin pacto de la servilleta, pero con la altura de miras y el consenso necesario que necesita nuestro Estado de derecho.
En lo personal, no oculto la nostalgia. La política a veces es áspera, sí, pero nos regala amistades verdaderas. La nuestra es una de ellas. Voy a echar de menos su conversación medida, su ironía suave, su presencia constante y su inteligencia emocional. Nos deja su ausencia en el Congreso un hueco silencioso, una huella imborrable.
Hoy no escribo una despedida, sino un reconocimiento. Carlos vuelve a su Valencia asumiéndola con absoluta responsabilidad. Porque hay personas que, como las ciudades que aman, no necesitan ser nombradas para estar presentes. Romero Murube llevó Sevilla en los labios. Carlos Gil llevará siempre Valencia en los ojos.
Y desde ahora, también un poco en los míos.
Manuel García Félix
Diputado Nacional por la provincia de Huelva.