En el noble y solemne Palacio de la Carrera de San Jerónimo, donde se dirimen los asuntos más altos del Estado, se votan leyes o por lo menos antes se intentaba, se pronuncian discursos, si la señora Armengol o el señor Gómez de Celis no lo impiden y, de vez en cuando, se hacen silencios reveladores; existe un lugar discreto, apacible, casi secreto, que no figura en las rutas de los visitantes ni en los titulares de prensa. No está en el hemiciclo, ni en las salas de comisiones, ni en los pasillos donde se cruzan saludos, cuchicheos y miradas estratégicas. Está en la primera planta, junto a las entrañas del Congreso. Y es, sin duda, uno de los rincones más humanos del edificio: la enfermería del Congreso.
Pues allí se encuentra nuestro oasis de salud, consuelo y cuidados. No hay comparecencias ni interpelaciones, pero sí diagnósticos certeros, miradas empáticas y un ambiente de sosiego donde lo político se retira discretamente para dejar paso a lo fisiológico. Porque antes que diputados, somos personas, y a las personas nos suele doler la cabeza, se nos sube la tensión, o el alma se nos revuelve un poco tras una semana de sobresaltos parlamentarios.
Amablemente nos recibe, como un Cicerón clínico, los doctores Pedro Gorgolas, Julián Cordero o Mónica Monteserín. También las enfermeras Ainara, Natalia y Ana, personas afables y metódicas. No hay tensión que no se regule con un buen paseo, una dieta moderada y menos noticias de Twitter, suele decirnos con media sonrisa mientras nos toma la presión o nos palpa el pulso con dedos de experiencia....
—¿Qué tal, diputado? —me pregunta cada año cuando voy a mi revisión anual, mi particular ITV humana—. ¿Cómo va esa tensión? ¿Y el ácido úrico? ¿cómo están esos pulmones de orador?
Y yo les sonrío, con una mezcla de pudor y gratitud, mientras me someto a ese ritual que nos recuerda que la política no lo es todo, que el cuerpo tiene su voz y hay que escucharlo. Si no sucede así, el cuerpo se queja, pues tiene una habilidad especial para somatizar emociones e imprimir lo que se reprime.
El otro día, mi compañero diputado y médico de profesión Bartolomé Madrid me confesaba en el ascensor:
—Mira, Manuel, el Parlamento es tensión arterial por definición. Pero esta enfermería es como una sala de oxígeno emocional. Aquí se desinflaman los egos y se oxigenan las ideas.
Y cuánta razón tiene. Porque no es solo una sala blanca con fonendoscopios y tensiómetros. Es también un lugar donde los parlamentarios recuperamos un poco de nuestra humanidad. Allí se comparten confidencias, se toma un vaso de agua con azúcar, se respira sin cámaras ni micrófonos. Y en medio de todo, los sabios consejos de nuestros facultativos sanitarios, una especie de guardianas de nuestra calma sosiego.
Recuerdo aquella cita de Anton Chejov, el escritor ruso que también fue médico: El arte de la medicina consiste en entretener al paciente mientras la naturaleza cura la enfermedad. En nuestro caso, el arte de la medicina en el Congreso consiste en mantenernos enteros mientras la política hace de las suyas.
En aquel lugar no se legisla, pero se cura. Allí, en la enfermería del Congreso, se nos recuerda que detrás de cada escaño late un corazón que también necesita tranquilidad, una tensión que hay que regular y un alma que, a veces, también necesita su analgésico.
Y si al salir, alguien les pregunta dónde han estado, respondan con una sonrisa: —En la sala de plenos… ¡pero la del cuerpo!
Manuel García Félix
Diputado Nacional en el Congreso por la provincia de Huelva