Huelva bosteza cultura con la elegancia cansada de las ciudades que han aprendido a esperar demasiado. Hay lugares que esperan muchas cosas, pero Huelva, con esa dignidad antigua de puerto que un día ensanchó sus límites, espera libros. Espera una biblioteca como quien espera una lluvia que no termina de decidirse, como quien mira al cielo con fe ancestral y resignación nueva.
Huelva, una tierra antigua que vio partir naves hacia lo desconocido, vive hoy una paradoja silenciosa. En el lugar que se ampliaron los horizontes, también se estrechan los confines cotidianos de sus ciudadanos. No por falta de talento, ni de historia, ni de voluntad institucional cercana, sino por la ausencia de una infraestructura cultural acorde al siglo XXI. Así lo expuse con claridad en el seno de la Comisión de Cultura, la actual red bibliotecaria resulta insuficiente, limitada en espacio y en ambición, incapaz de responder a una sociedad que demanda acceso universal al conocimiento.
Pero este debate no fue únicamente técnico. Fue, sobre todo, profundamente político. Porque hablar de bibliotecas es hablar de igualdad en su forma más pura. Porque no distingue entre apellidos ni rentas; es un sitio donde el hijo de cualquier familia puede acceder al mismo universo que el más privilegiado. Allí, en ese silencio lleno de páginas, se construye una igualdad real y paciente.
Se dirá, siempre se dice, que hay prioridades. Que hay urgencias más tangibles, más votables, más rentables. Pero convendría recordar que la cultura no es un lujo de sobremesa, sino el pan de cada día de la democracia. Una biblioteca, más que un gasto, es una inversión en garantías, en digitalización, y sobre todo en dignidad.
Lo más revelador del debate no fue, sin embargo, el diagnóstico -ampliamente compartido-, sino la respuesta política. Mientras la Junta de Andalucía a través de la Delegación de Cultura ha impulsado las gestiones necesarias y el Ayuntamiento de Huelva, con su alcaldesa al frente, ha ofrecido el suelo con una generosidad institucional incuestionable, el Gobierno de España permanece en una inquietante pasividad. Más aún cuando en la votación el grupo parlamentario socialista se abstuvo
La abstención. Esa forma elegante de no comprometerse, de no negar, pero tampoco construir. Una posición que, en este caso, resulta especialmente elocuente. Porque cuando se trata de cultura, no decidir es decidir en contra. Cuando se trata de igualdad territorial, la neutralidad es, en realidad, una forma de perpetuar el desequilibrio.
Conviene decirlo sin rodeos, si el partido del gobierno de Pedro Sánchez no impulsa esta infraestructura, si no la dota presupuestariamente, si no la convierte en una prioridad real, estará enviando un mensaje claro, Huelva no está entre sus urgencias.
En el fondo, lo que se discutió en la Sala Cánovas no fue una partida presupuestaria. Fue una idea de España. Una España que equilibra, que cuida, y que revindica. O, por el contrario, una España que selecciona, que posterga, que administra la cultura como moneda de cambio.
Pero el pensamiento no suele tener prisa política. Y ahí está el problema. Porque mientras se duda, mientras se aplaza, mientras se administra el tiempo como si fuera infinito, lo que se pierde no vuelve. Cada año sin biblioteca es un año de talento que se enfría, de vocaciones que no nacen, de desigualdades que se consolidan en silencio.
Huelva sigue esperando. Y la espera, cuando se prolonga demasiado, deja de ser una pausa para convertirse en destino.
Tal vez algún día alguien entienda que inaugurar una biblioteca no es cortar una cinta, sino abrir una puerta. Una puerta que, en Huelva, sigue cerrada.
Y entretanto, el silencio -ese bibliotecario sin libros- sigue ampliando sus estanterías.
Manuel García Félix
Diputado en el Congreso por la provincia de Huelva