El hemiciclo es un sitio en donde se respira mucha humanidad. Un lugar que, a fuerza de ser vivido, se torna en vivencias compartidas. La bancada del Congreso de los Diputados, esa alineación de escaños que configura la Cámara baja en el interior del palacio de la Carrera de San Jerónimo, es además de ser un diseño francés con un fin claro de aritmética parlamentaria, un espacio también entrañable, de confidencias, lealtades y, sobre todo, de diálogo.
En esa bancada se fraguan amistades, se escuchan susurros cargados de complicidad, se cruzan miradas que dicen más que mil discursos. Allí, entre cueros envejecidos y maderas nobles, late con fuerza la entraña misma de la democracia.
Esos sillones son testigos silenciosos de la palabra que se alza y del silencio que pesa. En ellos se han sentado nombres que hoy son historia. De esto habló Azorín, cronista agudo y sentimental de las Cortes, al escribir: En este recinto noble y severo, bajo la luz que entra oblicua desde los ventanales altos, el verbo cobra cuerpo y el pensamiento se hace acción. Tenía razón, porque este lugar es un ámbito en donde el ser compañero prevalece a otro tipo de circunstancias.
De esta guisa están las bancadas: Popular, Socialista, de Vox, de Sumar, de los grupos nacionalistas, y así todo seguido. En la bancada del Partido Popular tengo el honor de compartir las sesiones plenarias y mucho más. Al lado de diputados por mi izquierda como José Manuel Velasco o Enrique Belda, y Macarena Lorente o Carlos Gil por mi derecha, junto a otros muchos compañeros, he ido fomentando el valor de la templanza, el compromiso y la amistad. Nos une la convicción firme en los principios, pero también el respeto al otro, al que piensa distinto. Porque esa es la médula de nuestra democracia, el confrontar ideas con nobleza.
El hemiciclo del Congreso, desde que la reina Isabel II lo inaugurara en 1850, ha sido cátedra de oratoria, escenario de pactos decisivos, pero de la misma forma refugio de afectos. A veces, cuando la sesión se alarga y el reloj marca el pulso de las horas interminables, uno mira a su alrededor y reconoce en los rostros vecinos la camaradería del viaje común. Hay un compañerismo que va más allá de cualquier línea divisoria.
Fue Adolfo Suárez quien dijo: “La política sólo tiene sentido si sirve para mejorar la vida de las personas.” Y esa mejora se gesta, muchas veces, desde un escaño. Desde allí se escucha, se observa, se siente el latido de una nación que espera, que confía y que exige.
A la bancada se llega con el peso de la responsabilidad sobre los hombros, y con el corazón dispuesto a aprender de los otros. Recuerdo cuando de niño veía en la televisión los plenos de la Transición y bastaba con ver a políticos como el propio Suarez, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Felipe González o Calvo Sotelo, para entender que allí se forjaba la historia de España. Hoy, como entonces, cada intervención, cada gesto, cada ausencia, tiene eco.
La bancada es escuela de vida política. Nos enseña a convivir, a disentir con respeto, a defender con convicción. Nos recuerda, cada mañana, que la palabra es la mayor herramienta del parlamentarismo y que la cortesía es elegancia democrática.
Cuando los diputados tomamos asiento, lo hacemos en nombre propio, pero sobre todo en representación de miles de españoles que confían en nuestra voz. Y por eso el escaño, aunque sea de madera, tiene alma. El alma de una España plural, libre, abierta al futuro.
Porque al final, más allá de los vaivenes de la política, lo que permanece es el valor humano del encuentro. Y la bancada, humilde y firme, seguirá siendo ese lugar entrañable donde la democracia se hace carne en cada gesto cotidiano.
Manuel García Félix
Diputado Nacional en el Congreso por la provincia de Huelva.