Como el cuadro de Sorolla

Jura de la Constitución
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Manuel García Félix

Ahora que se cumplen los cien años de la muerte del pintor de la luz, de hecho estableció la corriente pictórica del luminismo, ha venido a mi memoria el cuadro que se encuentra en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio del Senado en el que Sorolla deja plasmado en sus pinceles el momento histórico en que la Reina Regente Doña María Cristina de Habsburgo-Lorena jura la constitución de 1876 ante el estamento gubernamental y legislativo.

Indudablemente este lienzo está en el pedestal de la historia del arte. En él se refleja el Pacto del Pardo y por eso tiene esa gran carga iconográfica y estilística que, aunque aún muy joven, el pintor valenciano sabía impregnarle a sus cuadros. Capta de forma sublime la instantaneidad de un acto solemne y lo convierte en espacio congelado y tiempo detenido. La Reina apoyando la mano sobre la Carta Magna, ante la actitud mayestática de Cánovas, en esos momentos Presidente del Congreso; la contemplación a lo lejos del Presidente del Consejo de Ministros, entonces Práxedes Mateo Sagasta; de la mirada melancólica de la Infanta Isabel y el sollozo desconsolado de la Infanta Eulalia. Una representación artística en la que se sabe que algo va a suceder pero no en qué momento, porque está inmerso en un enorme silencio, el silencio de la ausencia del Rey Alfonso XII fallecido hacía muy pocos días y con la enorme expectación del avanzado estado de gestación de la Soberana, muy digna pero también muy contenida, que acogía en sus entrañas al futuro monarca Alfonso XIII.

Y evoco este cuadro, de enormes dimensiones, el día en el que hemos vivido dentro del hemiciclo del Congreso de los Diputados un acto suntuoso que nos desvela que la historia se repite y que nos lleva, como el lienzo de Sorolla, al reencuentro de la Historia de España, pero no desde los perjuicios como intentan hacernos ver el imperio mediático de la izquierda, sino desde el respeto a un tiempo, el conocimiento de los hechos y el rigor de los acontecimientos. Por eso, aunque los oleos envejezcan, lo harán bien, porque los hechos que se repiten le dan actualidad y le otorgan modernidad, proyectándolos inevitablemente a lo largo de los años y dejándolos en el poso hondo del reflejo de la historia.

El escritor suizo Rousseau dijo que las pasiones son los verdaderos instrumentos de nuestra conservación. Nuestra Princesa de Asturias ha jurado la Constitución en una ceremonia de exquisito protocolo real, como lo hicieron sus antepasados, y lo ha hecho con fervor a su dinastía, amor a la Corona y pasión por España. Doña Leonor de Borbón y Ortiz es una Infanta de su tiempo y sabe a la perfección que la continuidad de la Institución es la de mantenerla a través de la tradición heredada, pero también adaptarla a la transformación que provoca el transcurrir de los años. No podemos mirar solo al pasado, ni incluso solo al presente, porque nos perderemos siempre el futuro.

El cuadro de Sorolla no se resiste a la historia, sino que la revaloriza. El artista lo resuelve muy bien por su enorme talento artístico. Aporta un gran sentido escénico en su conjunto vivaz y a la vez rígido, pero revela de igual modo la tremenda fragilidad que hay en el trasfondo de aquella sociedad.

La misma que tenemos ahora, en la que se está preparando una amnistía muy arrugada y llena de lamparones, injusta e improcedente, con un solo fin egocéntrico y vanidoso, el de mantener el Presidente en Funciones su sillón de Moncloa y ya de paso también su colchón. Una envestida absoluta a nuestro Estado de Derecho, a nuestra separación de poderes y a nuestra Soberanía Nacional. Por eso el acto de la Jura de la Constitución de nuestra Princesa de Asturias, es el escudo qué para este atropello, el emblema que garantiza nuestro régimen de libertades y el Toisón de Oro que le da un brillo áureo a la integridad de nuestro territorio. Si hubiera estado allí Sorolla, habría hecho como en el cuadro del Senado, pintar sobre un lienzo la luz de sus palabras.

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