El discurso de un líder

Existe una gran diferencia entre un jefe y un líder
Alberto Núñez Feijóo
photo_camera Núñez Feijóo en una reciente comparecencia

Existe una gran diferencia entre un jefe y un líder. El primero ordena y manda, le exige a un grupo e intenta obtener resultados sin empatizar con los que osa dirigir. En cambio, el segundo, amen de convertir las cosas normales en especiales, se destaca por aplicar una actitud inspirativa, derramando sobre el equipo un halo carismático para conseguir resultados a través de la motivación.

Se ha podido comprobar en el Pleno de Investidura de Alberto Núñez Feijóo, ese perfil de líder resonante, como dice Daniel Goleman, que envuelve al Presidente Nacional del Partido Popular y que por medio de su discurso, ha patrimonializado una clara victoria política desde la tribuna del Congreso. El transmitir confianza, aportar credibilidad sobre el fluir de la palabra y ser garante de la dignidad del Estado por el respeto a las Instituciones, son claros argumentos para que un líder se haga presente en las emociones de los ciudadanos.

Si a todo ello le añadimos sus seis pactos de Estado que suponen una verdadera regeneración democrática, concluiremos que el discurso, es decir, el lenguaje verbal, que alineado con el paraverbal, entonación aplicada , y puesto en concurrencia con el no verbal, o sea el gesto, siempre sin salirse de su cuadrante, ha supuesto una propuesta política de muchos quilates.

Y lo digo, porque si lo ponemos en contraste con varias exposiciones que allí escuchamos, cabrá aún más autenticidad lo expresado desde el atril por nuestro candidato a la Presidencia del Gobierno de España.

El ruido más extridente fue el silencio sepulcral de Pedro Sánchez. Con esa actitud oscurantista despreció al ponente y con ello a la Institución Legislativa.

Ya de paso, intentó escaparse de dar respuesta a las formulaciones sobre la amnistía y la autodeterminación. Otra perla más del Presidente en funciones.

En este teatro sin tramoya y sin atrezzo, saltó a escena un actor secundario, al que la opción pública en general y gran parte de la izquierda mediática lo hicieron quedar peor que el Médico de Moliere. A Óscar Puente no le salió bien el papel de esa comedia-farsa en dos actos y ya con el telón bajado, hasta Pablo Iglesias dijo que fue una intervención incorrecta.

Luego, Aitor Esteban quiso justificar lo injustificable y se sonrojó como si se hubiera bebido una botella de tinto de la Rioja Alavesa, cuando Feijóo le dijo que si creía que al PNV lo habían votado para llevar a efecto la política económica de Podemos. Con mucha firmeza refirió que el único cordón sanitario que se debe hacer es a Bildu, pero ellos, claro está no se pusieron colorados. Desde la más fina ironía gallega, le apuntó a Rufián que había encontrado un aliado para ponerlo en sobre aviso de todos los peligros, e hizo lo propio con Junts al decirles que son capaces de gobernar el país desde Waterloo, por cierto, donde sucumbió Napoleón, como bien dice en La Colmena Camilo José Cela.

En definitiva, el de nuestro presidente fue un proyecto con altura de miras, una propuesta excelente de la unión del dato y del relato y unas réplicas con sentido de Estado. Es decir, el auténtico discurso de un líder capaz de inspirar a través de la oratoria.

Dicen las viejas crónicas de los diarios de sesiones del Congreso que a Cánovas se le admiraba y a Sagasta se le quería. Pues esa es la simbiosis que percibimos y sentimos tras la victoria política de la investidura que llevará a Feijóo, si no ahora, porque no se ha conseguido el objetivo, sí muy pronto a la Presidencia del Gobierno, porque las cosas caerán por su propio peso.

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