El último Narraluz

Antonio Burgos
photo_camera Burgos durante el reconocimiento del que fue objeto

Se nos ha ido para siempre Antonio Burgos. Se nos ha marchado el último Narraluz. Estábamos todavía en el duelo que nos dejó Paco Umbral, llevándose por delante la literatura de urgencia de nuestra juventud. Y ahora, nos quedamos también ausentes de la prosa poética en las columnas de los periódicos. Yo tuve como referencia toda mi vida en este género a Julio Camba, a César González Ruano incluso más atrás a Mariano José de Larra. Pero a estos dos, Umbral y Burgos, que han sido cohetáneos míos, con los que he nacido, crecido y subyugado más de una vez con su literatura en las Tertulias del Café Gijón y en la sevillana taberna del Trifón, no les perdono que se hayan muerto.

Con Antonio Burgos, el último Narraluz, hablé varias veces a lo largo de su existir. Lo hice sobre Cofradías, de la Monarquía y de la Constitución Española. En todas sus conversaciones estaba latente el sentimiento andalucista y el respeto a la Carta Magna. Viene a mi memoria estos recuerdos porque siempre me destacó lo inquebrantable e implacable del texto que garantiza la convivencia democrática.

A través de un Pleno histórico, esta vez en el Senado porque el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo ha estado de obras, hemos aprobado una reforma de la Constitución. Ha sido la tercera modificación en lectura única y tramitación urgente, relativa al artículo cuarenta y nueve del texto que protege a todos los españoles. Una reforma adecuada y pertinente. Suponiendo la aprobación de una asignatura pendiente. Un reconocimiento merecido en una sociedad de ciudadanos libres. El alcance del principio de igualdad como es el de no discriminación. El reflejo de una sociedad sensible, solidaria y digna. Una incorporación que transforma la realidad. Un cambio semántico que da un gran paso humanitario. La variación del término disminuido por discapacitado, más inclusivo, con más amplitud de miras y que hace justicia desde la dignidad y el respeto al ser humano.

Después de esta incorporación, nuestra Constitución es mejor y más adaptada. Esta aprobación le da aún más sentido a la Carta Magna, pero también le da sonido. Porque las palabras importan mucho, y es preciso que así sea, ya que muchas veces el lenguaje, cambia la realidad. Una innovación que está llena de libertad de pensamiento, empatía y asertividad. Muy efectiva con lo pragmático más que con lo políticamente correcto, porque de lo que se trata es de hacer un ejercicio de corrección política, justa y moral.

El calambur, es un recurso estilístico que se utilizó en tiempos del Siglo de Oro para la construcción de acertijos, mediante la reagrupación de distintas palabras. O sea, que se llevaba a cabo el arte del insulto en verso, la visión crítica de la sociedad por medio de la sátira, el ataque a los adversarios derivados de la ironía y el sarcasmo o la ridiculización del ser humano mediante la burla. Acordémonos de las disputas entre Quevedo y Góngora, el bufón en el Rigoletto de Verdi, El Niño de Vallecas de Velázquez o el cantaor flamenco Bizco Amate. Eran otros periodos de la historia.

Hemos evolucionado mucho ética y moralmente, y los defectos físicos no se promocionan desde ningún ámbito de la vida, o por lo menos, a ello aspiramos. La vocación por la igualdad, el hacer un uso amigable del lenguaje y el respeto integral a la persona es la base de esta modificación del texto que consolida nuestro Estado de Derecho. Promueve así una digna calidad de vida, fomenta una veneración por el ser humano e impulsa la deferencia hacia el arraigo inspirado en el relato.

Larra escribía en contra de la sociedad, Julio Camba en contra de la política y César González Ruano contra si mismo. En cambio, Umbral lo hacía a favor de Bodelaire y Antonio Burgos en la corriente del poeta Rafael Montesinos, sobre todo porque hacía periodismo de autor y cuidaba mucho el envase alejándose del comentario anodino. Con su muerte, se nos ha ido su literatura desolada y siempre a la intemperie. Ha desaparecido el último Narraluz, el narrador de la luz, que es el lenguaje iluminado por el respeto. O quizás, el último de los narradores andaluces, puede ser también, hoy, que celebramos felizmente el día de Andalucía.

Manuel García Félix

Alcalde de La Palma del Condado

Diputado en el Congreso del PP por la provincia de Huelva

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