Un enamorado de su tierra

Javier de Andrés es un enamorado de su tierra, como decía también Unamuno al referirse al País Vasco. Un ferviente de su terruño. Un devoto de este lugar de mitos y leyendas. Un abnegado de su cultura y de su historia. Un soñador que sueña con una sociedad más justa y con más oportunidades, pero siempre con el cable a tierra. Un creyente convencido, del sentimiento vasco, de sus fueros y de su identidad secular, que deja a un lado el misticismo, las invenciones literarias decimonónicas y el victimismo procedente de la melancolía.

Ha dado la cara por su tierra, por sus gentes, por los suyos. Y lo ha hecho en unas elecciones autonómicas mejorando los resultados que teníamos y consolidando la tendencia creciente del Partido Popular en el País Vasco. Se echó palante cuando se lo dijeron. Estaba de Diputado en Cortes Generales y decidió realizar su labor política por sus ciudadanos desde el antiguo Instituto Ramiro de Maeztu, en donde está el Parlamento Vasco. Determinó hacer frente desde allí, a este gobierno de Pedro Sánchez, desmelenado, desgobernado, sumido en la sospecha de una trama de corrupción y en la tramitación de una Ley de Amnistía con muy mala pinta y que veremos a ver como acaba. Hacer política con las cosas que le interesa a la gente. Aplicar iniciativas para mejorar la vida de las personas y tener una narrativa vinculada siempre a la Constitución.

O sea, que ha llegado a su tierra, de la que nunca se fue, para intentar cambiarla. Porque la quiere mejor y con más oportunidades. En el dolor tiene la conciencia inoculada de lo que se vive, y el llanto íntimo de sus paisanos por lo mucho que se ha sufrido. El tiro en la nuca, el secuestro y la extorsión como herramientas de una banda terrorista a la que un partido de miedo y de ceniza no se atreve a condenar y que ahora blanquea el PSOE y que ha provocado que en estas elecciones hayan tenido los resultados que han conseguido. De aquellos vientos, estas tempestades. Enhorabuena Pedro Sánchez.

Le dijimos en nuestras tertulias instructivas que era un buen político, y ahora vemos que se lo ha tomado en serio. Un vasco de pura cepa que se sabe heredero de los que fueron y de los que son. Los que convirtieron sus vidas en un continuo riesgo, en una aventura sin mirada, en un sentir sin compasión alguna. Un hombre de pueblo en el envés y un anverso de capital homérica. Más conocido que San Ignacio de Loyola, sin ser siquiera hermano lego, y con más mundo recorrido que Juan Sebastián Elcano, sin haberse montado en su vida en un galeón.

Lo vamos a echar de menos en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, en el hemiciclo de Pascual Colomer, en las tertulias de sobremesa con nuestros compañeros: Tolo Madrid, Pedro Samuel, María Jesús Moro, Isabel Serrano y servidor, en donde solucionábamos el país hablando de cultura, de política y de historia. Nos ha demostrado que es un sublime sin interrupción, un periodista que, si hace falta, te hace un reportaje bonsai, una crónica sin prosa o un poema sin versos. Para ello emplea su refinado sentido del humor que es el que le da sentido a su verdad.

Lo admiramos, y el lo sabe. Lo que pasa es que lo disimula. Y lo hacemos porque es un Unamuno camuflado, un Zuloaga sin sombras oscuras, un Ibarrola en sus lienzos con un bosque del color de su alma, un Pío Baroja que vivía en el Madrid de las calles del Árbol de la Ciencia, un Arconada metiendo goles y un Sarabia parando penaltis.

Nos quedamos con los versos de su coterráneo Blas de Otero y lo depositamos en la nostalgia de nuestra amistad: “Esta España de piedra y agua seca”.

Manuel García Félix

Alcalde de La Palma del Condado

Diputado del PP en las Cortes Generales por la provincia de Huelva

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