En el Palacio del Congreso de los Diputados y en el Senado, donde se escriben las páginas de la democracia española, hay una figura que, sin hacer ruido, vela por el buen funcionamiento de la institución: el ujier. Con su presencia discreta, pero siempre atenta, los ujieres son los guardianes de la solemnidad parlamentaria y los custodios del orden en un espacio donde la palabra es poder. Su labor, a menudo invisible para el gran público, es un pilar fundamental en el día a día de la Cámara.
En concreto estos profesionales en el Congreso tienen sus raíces en las cortes parlamentarias de siglos pasados. Desde la creación del Parlamento en España en el siglo XIX, han sido parte esencial de la trabazón administrativa. Su papel ha evolucionado con el tiempo, pero su esencia sigue siendo la misma, ser facilitadores de la actividad parlamentaria y garantes del protocolo.
Lucen con orgullo su uniforme tradicional y han sido testigos de manera discreta de la evolución política del país, desde los debates encendidos de la restauración borbónica hasta los momentos cruciales de la transición democrática. Su función la realizan con disciplina, conocimiento, humildad y aseguran que las sesiones transcurran con el orden y la solemnidad que exige el Parlamento.
Son los encargados de garantizar que los diputados cuenten con todo lo necesario para su trabajo. Distribuyen documentación, facilitan el acceso a los escaños, organizan el tránsito de invitados y, en general, aseguran el correcto desarrollo de las sesiones. En muchos casos, son la primera cara amable con la que se encuentran los diputados y trabajadores del Congreso al llegar a la Cámara.
A lo largo de la historia, los ujieres han sido testigos y, en ocasiones, protagonistas de momentos inolvidables. Durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, que, por cierto, el ujier más veterano de la institución es José María Mayoral y vivió aquellos aciagos acontecimientos, y fueron ellos, los ujieres, quienes, a pesar del peligro, mantuvieron la calma y protegieron sus señorías y trabajadores en los pasillos del Congreso. Su papel en ese día negro del calendario de la historia de España es un reflejo de su compromiso con la democracia.
Uno de los ujieres más recordados es Miguel Herráez, ya jubilado y que llegué a conocer en su último año laboral, estuvo sirviendo a la Cámara durante más de cuatro décadas. Es Crispín Briongos, avalado por su profesionalidad, quién con su trato amable y sentido del humor, nos informa de todas estas anécdotas. Como la de aquel diputado nobel que entró apresurado en la Cámara y se sentó en una butaca libre de la primera fila. Minutos después, se le acercó un ujier y le susurró al oído: disculpe, Señor, ese es el asiento del presidente de la Cámara. El diputado, avergonzado, respondió: ah, ya entiendo por qué la silla era tan cómoda.
En ocasiones, han sido mencionados en las obras literarias por los cronistas parlamentarios. Benito Pérez Galdós refería que eran parte del engranaje institucional de las Cortes. O el propio Francisco Umbral, como testigos silenciosos de los grandes debates parlamentarios. En definitiva, guardianes de la tradición y el respeto institucional. Su vocación de servicio, su trato exquisito y su impecable profesionalidad los convierten en piezas clave del Congreso de los Diputados.
La próxima vez que veamos a un ujier en el Congreso, quizás abramos los ojos a su verdadera función y prestancia, la de mantener viva la esencia de la Cámara, asegurando que todo funcione con la precisión y la dignidad que requiere la democracia.
Manuel García Félix
Diputado nacional en el Congreso por la provincia de Huelva