Hace apenas unos días, Televisión Española emitió la película El viaje a ninguna parte, dirigida por Fernando Fernán Gómez, en 1986. Una obra maestra del cine español que retrata la decadencia de una compañía ambulante de cómicos en la posguerra, extraviados en la nada, fingiendo una gloria que ya no existe, avanzando sin saber adónde, como fantasmas de sí mismos. Hoy, casi cuatro décadas después, el título de aquella película resuena como metáfora certera del actual Gobierno de nuestra Nación, que está llevando al país a un viaje hacía ningún sitio.
Pedro Sánchez ha pasado de ser un estratega con cierta habilidad, para convertirse en el protagonista de una tragicomedia que ni Valle-Inclán habría osado imaginar. Ha convertido al Congreso en un ejercicio de escapismo, donde se representan pactos infumables, promesas autodestructivas y un relato cada vez más incompatible con la realidad. El presidente anuncia de vez en cuando periodos de reflexión, como si el país entero tuviera que detenerse para contemplar sus disonancias, pero más allá del teatro de su repliegue, la verdad sigue...
La preocupación por la estabilidad institucional ha sido reemplazada por una lógica de supervivencia inmediata, donde todo vale con tal de conservar el poder.
Alberto Núñez Feijóo lo expresó con contundencia: Sánchez no gobierna, solo resiste. Y no le falta ni un ápice de razón. La ley de amnistía, la colonización de instituciones, la presión política sobre jueces, la manipulación informativa y la degradación del debate público dibujan un escenario en que el poder se vuelve autorreferencial. No gobierna, sobrevive. No lidera, improvisa.
La comparación también con la cinta de Torrente, una especie de caricatura cañí de Santiago Segura no es gratuita. Hay algo profundamente torrentiano en esta España donde los discursos del Gobierno conviven con el descrédito, las mentiras con gafas de sol, los improperios hechos con voz grotesca, los indultos a cambio de escaños y la mediocridad llevada como consigna. Torrente es el reverso esperpéntico de la política de la apariencia, de esa pose de modernidad hueca que, en el fondo, no es más que ineficacia disfrazada de virtud. La que dibujó igualmente Fernando Fernán Gómez en el guion de su histórica película.
Estamos, sin duda, ante un viaje a ninguna parte. La política española ha perdido el timón, el Ejecutivo actúa como si la realidad no lo tocara, y nosotros, desde la oposición asistimos atónitos a una deriva que parece no tener fondo y nuestros ciudadanos, se han convertido en espectadores fatigados, pero pagando la convida y asisten a una representación cada vez más desconectada de sus preocupaciones reales.
Mientras tanto, personajes como Ábalos y Santos Cerdán -hoy ya fuera del Partido Socialista y, en el caso de este último, incluso fuera del Congreso- son el reflejo de un naufragio ético que alcanza al corazón del partido del Gobierno. Lo que alguna vez fue una organización de convicciones y proyectos, parece hoy una maquinaria de blindajes personales.
Nada resume mejor esta etapa que un último giro del guion. Una nación en bucle, un Ejecutivo bailando al son de su propio relato mientras el escenario se desmorona; no hay hoja de ruta, solo cálculo. No hay fluidez, solo resistencia. No hay liderazgo, solo marketing.
Como en la película de Fernán Gómez ya nadie sabe adónde va. Porque este no es un Gobierno, es una compañía ambulante en decadencia. Y lo que presenciamos, entre perplejos y resignados, no es más que un triste e interminable baile a ninguna parte.
Manuel García Félix
Diputado Nacional en el Congreso por la provincia de Huelva.